viernes, 19 de marzo de 2010

Bicentenario

Doscientos años no alcanzan.
Fue tan estrecho el espacio que recorrieron los pueblos,
tan cascados los perfiles de sus voces,
que quedaron sedientas las bocas y los ojos.
Sedientas de justicia, amor, resarcimientos.
Doscientos años no son un número acabado
sino el comienzo del camino.
Es verdad, sí, como se dijo de Moreno,
que tanto fuego no lograron apagar
pero a veces la llama solo está encendida
a fuerza de pequeñas chispas y de grandes llantos.
De callados dolores de mujeres probas
enarbolando sus banderas de sangre.
Madres del dolor, del paco, de la Plaza.
¿Y los padres,
aquellos padres de la Patria de entonces?
¿Dónde están?
Doscientos años no trajeron efectos de liberación.
Faltan millones de certeras y firmes convicciones
hechas semillas y carne.
Millones de manos apretando la consistencia de lo sustentable.
Miles de cabezas sosteniendo que se puede,
que podríamos si tan solo plantáramos una flor
sobre cada lágrima.
Miles de cañones que hoy disparan girasoles,
no alcanzan.
Deberían ser millones de palomas sobrevolando
el Río chocolatado-contaminado de la Plata,
los bosques amordazados del Litoral,
los campos interiores confundidos,
las zonas urbanas que cobijan nuestras penas.
¡Hay, qué penas las nuestras!
Son como las de los rehenes
que casi no beben ilusiones.
¿Por qué un bicentenario no bastó para Argentina?
¿No hicieron tantos años el trabajo del tiempo
que según dicen, todo lo cura?
No, hasta que cada uno de sus hijos renazca de las cenizas
convencido y decidido a vivir y morir por ella.
O hasta que tentaciones y desvalores sean abatidos
por la pureza.
O simplemente cuando la esperanza deje de ser solo una canción
para erigirse en la madre de todos los pobres.
No podemos festejar estos doscientos años.
Pero podemos reflexionar,
aprender a mirarnos sin compararnos y sin copiar.
A valorarnos como lo que somos:
dignos sobrevivientes lastimados
que necesitan volver a creer.

ANY CARMONA

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